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7.5.09


Ahora entendía, después de charlar horas con su insomnio sobre eso, comprendió todo. Lo que la enamoro de él no era su personalidad, su forma de ser o todo lo que le demostraba. Era la idea de cómo sería con ella si cambiaba, si dejaba esa inmadurez de lado y demostraba más cuanto la quería. La destruía día tras día sentir que cualquier otro podía darle mucho más de lo que él le daba, porque para ser sinceros, él no le daba y nunca le iba a dar nada. Nada más que eso que le dio siempre y que nunca le sirvió: sólo le dedicaba alrededor de una hora todos los viernes por la noche y quizá algun rato los domingos. Viernes donde aparentaba cosas que no eran, la llevaba de la mano junto a él, la hacía volar de tantas ilusiones, la hacia perderse en su mirada y en la textura de sus manos transpiradas que pedían por favor que nunca se soltaran, la hacia sentirse la mujer más feliz, mas afortunada por tenerlo, la hacia volar con cada palabra, con cada mirada, con cada beso. Pero cuando se acercaba la hora de partir, separaba las manos, arrancaba los sueños, y se iba para despertarse en la mañana y olvidar todo lo que habían pasado la noche anterior. Y así se paso ella cada noche de su vida tratando de enamorarlo, consiente de que nunca le dedicaría más que eso que no la conformaba , no la llenaba y le quitaba las ganas de seguir peleando por algo que cada vez veía más lejos. Entonces prefirió olvidarlo todo, enfermarse de amnesia de amor y luchar con la idea de que ese objetivo que se había propuesto, hoy debía quebrarse. Entendió a pesar de todo, que a veces tenemos que resignarnos a cosas que queremos, aunque duela, porque a corto o largo plazo, eso que tanto ambicionamos nos termina destruyendo más que el olvido mismo.

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